La joya muda

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Un tesoro arquitectónico y patrimonial, la Estación Central General Artigas ha quedado rehén de decisiones políticas discutidas y un eterno proceso judicial.

La entrada a un monumento histórico descuidado.

Tiene todo para ser el lugar más lindo de la ciudad. Y sin embargo se volvió de los más feos. No es de extrañar que el fin de semana pasado —el del Patrimonio— la Estación Central General Artigas haya estado tapiada y solitaria, como en los últimos 10 años. La última vez que vio partir un tren fue el 28 de febrero 2003 y desde entonces ha sido rehén de un largo proceso judicial que muchos ven como un atropello, de decisiones políticas erradas y de la displicencia que —aunque le dedique un par de días al año— la clase dirigente tiene hacia el patrimonio.

Es triste verla. Su zona de influencia, que a fines de la década de 1990 se anunció iba a estar engalanada con los jardines flotantes de los edificios del Plan Fénix, hoy está totalmente tugurizada. El frente, perfumado por un potente olor a orina producto de lo que suele ser refugio y cobijo de cientos de personas sin hogar está ganado por la desidia. Está horrible. Las cuatro estatuas que daban la bienvenida a los viajeros (los inventores Stephenson, Watt, Volta y Papin, símbolos de la creatividad humana) están pasando un momento cruel: el pobre Denis Papin, el inventor de la máquina a vapor, tiene su oxidado fémur de hierro a la intemperie. Aunque, parecería que con la ley de faltas y la posibilidad de que la Policía se lleve a aquellos en situación de calle, ha bajado el número de los que pernoctan bajo su pasiva (se dice que se llegaron a reunir entre 50 y 60 “huéspedes” por noche), el aspecto de la vieja entrada es de mugre generalizada con dos fogatas alimentadas a basura extinguiéndose sin ninguna razón aparente y varios colchones arrinconados. Todo ese pasillo se ha convertido en baño improvisado y, por lo que se huele, muy concurrido. El martes a la mañana había tres personas durmiendo. Toda la zona de la entrada es un estacionamiento con cuidacoches en reposera incluido y está repleta de autos que evitaron al estacionamiento tarifado céntrico. Por la zona ronda gente en situación de calle.

La playa de maniobras, o sea toda la zona de entrada de los trenes a la estación (y que empieza en la nueva Terminal de Trenes de Paraguay y Nicaragua y llega al gigantesco portal de la estación hoy bloqueado por un alambrado) es del Estado a través del Ministerio de Transporte y Obras Públicas. La Administración Nacional de Puertos se encarga de cuidarlo y hay todo el día una ronda de prefectura dando vueltas por el lugar lo que ha frenado a los intrusos. A mitad de la semana pasada, igual, había un agujero en el tejido que da a la rambla portuaria justo donde los pastos y los yuyos están sin cortar.

Lo que no parece muy claro es qué organismo está a cargo de la propia estación. Aunque el Banco Hipotecario firmó un acuerdo para mantener el edificio con el Ministerio de Transporte y Obras Públicas, desde el propio banco estatal se niega que el predio esté ahora a su nombre. Sugieren consultar en la Agencia Nacional de Vivienda, pero allí, de acuerdo a uno de sus jerarcas, ya no tienen nada que ver y, dicen, convendría consultar con el Hipotecario. Desde el BHU señalan al Ministerio de Vivienda, pero allí les parece que no es así y aunque prometieron ampliar la información, no devolvieron la llamada.

Tampoco respondió el Ministerio de Transporte a las repetidas consultas sobre el cronograma de obras que se acordó en febrero con el Hipotecario y por el que ambos se encargaban, por pedido presidencial, de la conservación del monumento histórico. Eso lo paga el Hipotecario, eso sí está claro.

Se ve gente trabajando que, según uno de los obreros, fue contratada precisamente por el banco. Han tapiado todos las posibles entradas, colocado unos focos y limpiado el lugar. Eso, más la guardia de prefectura en la playa de maniobras ha conseguido detener la invasión de extraños, todo lo posible para un edificio de las dimensiones de la Estación General Artigas, el kilómetro cero de un sistema ferroviario nacional que también está en un crónico diagnóstico reservado.

Abandono perfecto. “Ese edificio y sus inmediaciones están en un perfecto estado de abandono por la sencilla razón de que se arrastra un penoso juicio desde el año 2003, por asuntos que vienen de antes”, dijo en su audición radial el presidente Mujica en noviembre del año pasado. Estaba hablando del juicio por 1.040 millones de dólares que el empresario Fernando Barboni entabló contra el Estado. La empresa de Barboni, Glenby le había comprado al Estado la playa al Estado y concesionado por 30 años el uso de la estación como parte del Plan Fénix (ver recuadro) pero, asegura, nunca le fue entregado el predio. En agosto, un juez desestimó la demanda en primera instancia. El presidente Mujica ha hablado mucho sobre la estación pero ha conseguido hacer poco. Ya como mandatario electo fue una de las 7.600 firmas que consiguió en diciembre de 2009 el Grupo de Pasajeros en Defensa de la Estación Central reclamando la reapertura del edificio como terminal. El mismo grupo organizó una campaña a través de las redes sociales que provocó una audiencia pública en el Ministerio de Transporte y Obras Públicas. Allí, de acuerdo al boletín de Presidencia, el ministro Enrique Pintado destacó la “buena voluntad de los presentes”, interesados “en el resurgimiento de la Estación como tal”. Nada que no se supiera. Como solución —o al menos como respuesta alentadora— fue bastante pobre.

En la misma audición de fines del año pasado, el presidente Mujica le pidió a la Justicia “poder colocar allí, como en estado de vigilia, para poder cuidarlo, para poder cuidar lo que queda, para tratar que no se deteriore progresivamente más, no solo por la dejadez sino por el vandalismo colocar un destacamento militar que lo cuide, una guardia militar”. No está muy claro en qué quedó ese trámite, pero de destacamento militar, nada; apenas la guardia de prefectura que vigila la zona de la playa de maniobras y una guardia privada que cuida la terminal.

Desde el límite con las 10 hectáreas de la playa de maniobras, la estación se ve desolada: está limpia, sí, pero como impregnada por la costra que suelen dejar años de abandono. Algunas paredes están pintadas desde la época de “Viene”, cuando la estación fue alquilada para convertirla en un lugar de eventos culturales. El emprendimiento fue la última vez que, al menos por algunos días, la estación estuvo repleta de gente. Quienes han conseguido entrar en los últimos años, cuentan que en el lugar se había jugado al paintball y eso había ensuciado las paredes pero a simple vista de eso no se ve nada.

Lo que ahora sí se ven, son algunos obreros que pasan debajo del enorme reloj que daba la bienvenida a los pasajeros; está detenido a las 7.30 de algún día aciago. El mural que era una suerte de alegoría al trabajo ferroviario y que fue colocado en el hall en tiempos de la dictadura está en custodia de la Asociación Uruguaya de Amigos del Riel. El mobiliario de la estación y de las oficinas del ente está “apilado” en la estación Peñarol, de acuerdo a Marcelo Benoit del Grupo de Pasajeros y uno de los más perseverantes defensores locales de la estación y del transporte ferroviario.


La Estación Central vista desde la nueva terminal de pasajeros.

Los vidrios están rotos y hay partes del techo que dejan pasar ampliamente la luz del sol. Y la lluvia claro. La humedad ha desprendido partes de la mamposteria y, dicen, habría que arreglar el sistema de cañerías. Las ventanas al exterior están rotas y no tienen ningún tipo de resguardo, así que las tormentas suelen ser letales. Han crecido árboles en el techo de algunos de los galpones que dan a Paraguay lo que provocó algún accidente sin consecuencias.

Daño patrimonial. “Todo edificio abandonado termina deteriorándose”, dice el arquitecto Salvador Schelotto, integrante de la Comisión de Patrimonio, para quien la Estación Central es un “monumento incuestionable y por su diseño, una obra de primer nivel del Uruguay”.

Aunque es monumento histórico desde 1975 y eso incluye los galpones, los andenes y las vías, eso no ha impedido que algunos de sus objetos patrimoniales se hayan arrancado y claramente no ha conseguido frenar el deterioro.

“Reparar la estación hace unos años hubiera costado tres millones de dólares”, dice Juan Silveira, exdirigente sindical de la Unión Ferroviaria y jerarca en diversos cargos (actualmente es secretario general) de la Administración de Ferrocarriles del Estado desde 2005. “Ahora con menos de 15 millones de dólares no se puede dejar en condiciones operativas”. Silveira dice haber sido el último en salir de la Estación en febrero de 2003 y nunca más haber vuelto. Le resulta muy doloroso, dice.

“En aquel momento dijimos que del Plan Fénix, lo único que iba a quedar era la torre de Antel y la tapera de AFE”, dice el jerarca. No se sabe si para otras cosas tiene la misma puntería, pero en eso acertó. Su sueño sigue siendo que vuelvan los trenes a la estación pero a su vez es realista: la ve difícil. Por el lado de AFE, “imposible” porque el organismo no puede hacerse cargo de la reparación y el mantenimiento de la estación. “Pinta que va a ser complicado”, reconoce.

El mismo pronóstico negativo lo viene haciendo el Grupo de Pasajeros desde 1998, recuerda Benoit, aunque, como muchos vinculados al tema, piensan que el reciente fallo judicial que desestimó la demanda multimillonaria puede acercar las posibilidades de una nueva vida para la terminal. No le dan muchas esperanzas a la apelación que presentó la defensa.

“Es el agujero negro del municipio B”, dice el alcalde Carlos Varela, quien consigue ser aun más gráfico: “es un tumor”. Su municipio (que es enorme y abarca desde el Parque Rodó a la Aguada) recibe denuncias de los vecinos por higiene y salubridad y, en acuerdo con la intendencia, manda limpiar la zona y con el ministerio del Interior intentan sacar a las personas que pernoctan allí. Aunque los vecinos han dejado claro su deseo de que “abran allí una Tienda Inglesa o una sala de convenciones”, nadie ha consultado sobre posibles inversiones. Un rumor que circula en el barrio y que mencionaron alguno de los entrevistados es que el estudio Luis Lecueder hizo una evaluación del lugar para instalar un shopping y descartó la idea pero eso fue negado desde el propio estudio. La posibilidad de un centro cultural parece lejana con la más o menos reciente inauguración del Auditorio del Sodre no tan lejos de ahí y la anunciada apertura del Antel Arena.

Ya en 2008, un comunicado de la Sociedad de Arquitectos del Uruguay afirmaba que “desde el punto de vista del mejor aprovechamiento de los recursos urbanos existentes es perfectamente posible imaginar un uso del edificio de la Estación Central General Artigas, compartido entre arribo y salida del actual transporte ferroviario de pasajeros y actividades de recreación, consumo (comercios diversos) y/o terciarias.”

Eso es lo que esperan muchos. La necesidad de revitalizar ese “vacío urbano” (el nombre más o menos técnico para tamaño desastre en una ciudad) está en los sueños de los entusiastas de los trenes, del barrio, de las autoridades (por lo visto) y hasta del presidente de la República. Pero solo con sueños no se reconstruyen bienes patrimoniales que se chocan con las lentas decisiones de la Justicia y una indignación política que muchas veces solo parece limitarse al gesto.

EDIFICIO LLENO DE HISTORIAS

A fines del siglo XIX, la empresa del Ferrocarril Central del Uruguay contrató al ingeniero italiano Luigi Andreoni para ejecutar el proyecto y la dirección de las obras del edificio de la Estación Central. Las obras se realizaron entre 1893 y 1897. El proyecto incluyó un sector de andenes destinado al movimiento de personas y carga, y el edificio destinado a los accesos, hall, taquillas, depósitos y oficinas. La gran nave de andenes, que cubría una luz de 47 metros y 120 metros de largo, se resolvió al mejor estilo de la “arquitectura utilitaria”, con estructura reticular de hierro ajustada al cálculo, originalmente con cubierta de chapas onduladas de zinc y un sector en vidrio armado que permitía la iluminación natural. En 1955 se la bautizó Estación Central José Artigas y en 1974 Estación Central General Artigas. Fue declarada monumento histórico nacional el 8 de julio de 1975. Dejó de utilizarse por completo como estación de ferrocarriles en 2003.

UN FUGAZ CENTRO CULTURAL

La estación también alojó espectáculos musicales y artísticos. En 1992, por ejemplo, allí se realizó el recital de Mano Negra (foto) que sería fundamental para el desarrollo del rock uruguayo. Quienes estuvieron lo recuerdan como un momento mágico. También tocaron allí grupos como Duran Duran, Paralamas y los metaleros Iron Maiden. En junio de 2004 se realizó Viene, un eventos multicultural que aglomeró conciertos, locales gastronómicos y actividades culturales durante un mes. Empezó con fuerza y luego fue apagándose y muchos de los consultados para esta nota lo culpan de ser el golpe de gracia de la estación.

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